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Biografía

Nací en 1961, en una familia muy normalita de Pamplona, ciudad muy conservadora en opinión de algunos (yo estoy convencido de que ya no lo es tanto, salvo mejor opinión de nuestros satíricos locales, comenzando por Miguel Sánchez-Ostiz). Aquel día era un siete de julio, San Fermín, por lo cual me siento más que legitimado para ejercer de pamplonica y regodearme en esta circunstancia hasta los corvejones (palabra, por cierto, que no tiene nada que ver con lo que algunos estáis pensando). Alguno se preguntará cómo con semejantes antecedentes no me llamo "Fermín", en vez de "Eduardo", a lo que debo replicarle instantáneamente que ése es justamente mi tercer nombre de pila (¡como los reyes, olé mis narices!).

Mis padres proceden de familias "de Pamplona de toda la vida" (PTV, como se las llama por aquí), entre las cuales no hay ejemplares exóticos o rebeldes a cuya influencia pueda remontar alguna clase de anhelo romántico insatisfecho. Hombre, alguna cosilla se puede encontrar por ahí, aunque tenga un carácter un tanto prosaico o ridículo, a saber:

  • Mi tío abuelo Gabriel fue durante muchos años capellán del Cementerio de Pamplona, cuyo curioso topónimo -Berichitos o Beritxitos- es también conocido entre los muy castizos (los PTV a los que antes me refería) como "la huerta de Larequi", sin duda la parcela mejor abonada de la metrópolis.
  • Otro ejemplo: Pío Baroja cuenta en Juventud, egolatría cómo un canónigo de la Catedral, don Tirso Larequi, le dio un par de tortas por entrar alborotando en el templo; yo suelo asegurar, presuntuosamente, que don Tirso era un lejano pariente, baladronada seguramente falsa (en la familia de mi padre no hay constancia de tal parentesco), pero que cultivo con entusiasmo digno de mejor causa.
  • Un tercer suceso curioso: mi abuela paterna, Clara Herrera Herrera, es probablemente la única mujer que ha sufrido una cogida grave en toda la historia de los encierros sanfermineros, como consecuencia de la rotura de un vallado en mal estado, el 8 de julio de 1939. Aquí van tres fotos del suceso, que he podido conseguir recientemente. No me preguntéis en qué parte del cuerpo la corneó el toro, porque es asunto delicado.


  • El toro embiste contra el vallado... ...y contra los espectadores Mi abuela Clara yace corneada en el suelo

  • Y para finalizar el anecdotario familiar, un acertijo con truco: mi abuelo materno, Martín García Arboniés, se casó dos veces con dos mujeres distintas, sin haberse divorciado ni enviudado y sin haber incurrido en bigamia; ¿cómo es posible tal cosa? Si lo adivináis, mandadme un mensaje.

Con estos antecedentes, no es extraño que mi primer apellido sea más o menos oído en Pamplona, si bien la mayor parte de sus habitantes lo asocian con el de una conocida tienda de bicicletas. Además, el Gobierno de Navarra tiene la suerte de contar en su nómina de trabajadores con unos cuantos larequis: mi padre,  Ignacio Larequi Herrera, ya hace tiempo jubilado, inició la saga, a la cual nos hemos incorporado dos de sus hijos -un servidor y mi hermana Amparo, médico del Servicio Navarro de Salud-, y al menos otros tres sobrinos, mis primos. Así pues, tal vez no sea exagerado afirmar que nuestro apellido ha llegado a constituir un auténtico poder fáctico dentro de la administración foral.

A pesar de todo, es llamativa la frecuencia con que la gente confunde mi primer apellido. A lo largo de los años, este hermoso antropónimo de origen euskaldún (según la web Heráldica Vasca significa algo así como 'helechal' o 'pastizal') ha sido distorsionado muchas veces por escribanos despistados o por gargantas incapaces. A menudo me he propuesto elaborar una antología del disparate en torno a estas confusiones, pero siempre lo he dejado para mejor ocasión. En cualquier caso, las variaciones sobre el mismo tema son innumerables: "Larequin", "Laregui", "Larregui", "Larique", "Maregui". Estoy seguro de que la gente se desconcierta al oír mi apellido: a unos les suena a japonés, a otros a árabe (hubo un ministro marroquí que se apellidaba "Laraki"), qué sé yo. En Covaleda, donde pasé siete años, y cuatro de ellos como Director del Instituto, mucha gente oía hablar de mí como "El Larequi", y por falso corte acabaron llamándome "El Areki", como si fuera un sheik beduino o algo así. Yo dejaba hacer en la mayor parte de los casos, convencido de que era mejor sufrir ese apelativo que los motes habituales que suelen colgarnos a los profesores. Y, en aplicación de aquel refrán de que "no hay mal que por bien no venga", utilizo la versión "árabe" de vez en cuando como apodo (nickname) en los chats y en los correos electrónicos golfos que intercambio con los amigotes. 

Los años del colegio

Uno de mis primeros recuerdos (¿o seráun recuerdo del recuerdo, en vez de un suceso real, como afirman muchos psicólogos?) se remonta a la edad de cuatro años: mi padre me llevaba al colegio de la mano, casi arrastrándome, porque yo me resistía y lloraba a moco tendido. Cuando pienso en ello, me extraño de mí mismo, ya que siempre me ha gustado mucho estudiar (mis enemigos, que nunca descansan, afirmarán, por el contrario, que soy un empollón y un pitagorín; ¿a que no tenéis cuajo para mandarme un e-mail y decírmelo a la cara?).

La verdad es que tengo pocos recuerdos ajenos al colegio de los Padres Escolapios de Pamplona, donde pasé catorce años (¡se dice pronto!) entre aquellas aulas de altos techos y ventanales enrejados. Ahora que estáde moda desacreditar la enseñanza anterior a la virtuosa legislación educativa de la que disfrutamos, yo debo decir que por entonces unos cuantos curas -un saludo afectuosísimo a Jesús Guergué, misionero en Brasil- tenían una mente más abierta que la de los figurones pedagógicos de hoy en día. En fin, recuerdo aquellos días con mucho cariño; casi todos mis mejores amigos —Iñaki Ilundáin Suquía, Joaquín Ángel Lecumberri, Mikel Lizarraga, Juan Carlos López Mugarza, Alberto Sanado— y la mayor parte de las experiencias claves de mi formación (incluida mi vocación como docente y mi afición a los libros y al cine), proceden de aquel centro, cuya airosa torre es parte del skyline más característico de Pamplona.

La Universidad

De la Universidad conservo recuerdos algo menos positivos. Es verdad que aprendí muchísimo (estudié como un forzado, todo hay que decirlo) y que conocí chicas; pero también lo es que tanto librote y tanta seriedad hicieron que me perdiera alguna experiencia hedonista y gamberra que debería haber adquirido entonces. Ahora veo claro que malgasté algunos años en tareas intelectuales que, contempladas desde la distancia, han resultado ser bastante inútiles. De todos modos, me cabe aducir alguna excusa, ya que la Universidad de Navarra no es el lugar más adecuado para doctorarse en lo que suele denominarse por ahí como "vida universitaria". A propósito, viendo las series actuales de televisión y sus personajes completamente agilipollados considero una prioridad urgente la desmitificación de la vertiente golfa de los estudios universitarios. Antonio Muñoz Molina, admirado escritor, ¿no podrías dedicarle a este asunto alguno de tus magníficos artículos?

En todo caso, los años de Universidad no carecieron de mérito. Dejando aparte algún profesor memorable -tal vez Ignacio Arellano sea el que recuerdo con mayor admiración-, también aportó a mi vida la alegría de haber conocido a Pilar Gavín, la mujer de mi vida, cuyo rostro de bellas proporciones adorna el escritorio de mi ordenador portátil; sin su apoyo más de una vez hubiera mandado todo a tomar viento fresco.

Profesor de Instituto

Tras unos cuantos años de vagabundeo intelectual, acabé convenciéndome de que la experiencia como investigador universitario no iba a asegurarme una posición satisfactoria. Así pues, decidí liarme la manta a la cabeza y me fui a la mili, institución que, extrañamente, representó en aquel momento atribulado de mi vida una especie de liberación de responsabilidades y un paradójico retorno a los entusiasmos adolescentes. Al acabar el servicio militar, me presenté a las oposiciones convocadas por el Ministerio de Educación y Cultura. Saqué un buen número (creo recordar que el doce de unos doscientos), pero eso no me valió de mucho, pues ya en mi primer destino me vi obligado a emprender el difícil camino del destierro hacia las feraces tierras de Aragón.

Monzón

En las aulas del I.B. "Mor de Fuentes", de Monzón de Río Cinca (Huesca) pasé un par de años muy agradables: buenas vistas, buenos colegas, buen yantar y el descubrimiento de que, fuera de casa, era capaz no sólo de arreglármelas sin la ayuda de la mamá, sino también de cultivar actitudes irresponsables totalmente impropias de un chico tan formalito como era hasta entonces. Todavía me acuerdo de mi incomparable contribución a la conciencia social de los trabajadores de la enseñanza, durante aquella huelga de profesores en la que fuimos a Salou a bañarnos en la playa en vez de cortar las carreteras o incendiar contenedores; o aquel vergonzoso final de curso, la víspera de la evaluación final, a la que acudimos unos cuantos profesores después de toda una noche de juerga, sin haber dormido ni una sola hora. Como diría el castizo, ¡que me quiten lo bailao! Si acaso leen estas páginas, un saludo para los compañeros de aquellas fatigas: Iñaki Maestre, Anabel Martínez, Pilar Maestro, Manuel Palacios (especialmente tú, Manolo, aficionado a este asunto de la informática y padre de familia numerosa), Fátima Muñoz y demás hierbas. Si os encontráis esta página por ahí, escribidme.

Covaleda

Después de prestar servicio al Estado en la provincia española con más núcleos de población abandonados (Huesca), el destino me condujo a otra anomalía demográfica, Soria, la provincia con menor población en términos absolutos y relativos. Ocupé plaza en la villa pinariega de Covaleda durante siete largos y fructuosos años. Parece mentira cómo pasa el tiempo, desde aquel día en que me enteré, tras una conversación telefónica absolutamente kafkiana, de que Covaleda no era el nombre de un instituto de Soria capital, sino el de un pintoresco pueblecito montañés (1200 metros de altura, nada menos), enclavado en medio de una de las más extensas masas forestales de la Península Ibérica.

En la comarca de Pinares los inviernos son largos y fríos y las diversiones escasas. Por tanto, los funcionarios allí destinados teníamos que hacer esfuerzos casi heroicos para cultivar una vida social mínimamente digna de tal nombre. Con cierta frecuencia, aunque desde luego no tan a menudo como nos hubiera gustado, paseábamos por entre los interminables pinares a la búsqueda de los sabrosos boletus edulis, echábamos un mus (¡ay, aquellas partidas en la cafetería Inkal!), organizábamos comidas y cenas, montábamos obras de teatro o nos dedicábamos a la hispánica costumbre de despellejar al prójimo. Allí hice peña junto a gente tan maravillosa como Mariola Infante, Félix Santillán, María Jesús García, Gerardo García (hoy director del I.E.S. "Picos de Urbión"), Marisol Larrea,  Esther Solana o Javier Gallego. La verdad es que os echo de menos, compañeros.

San Adrián

Tras nueve años de espera y de dura pelea en pos de los tan ansiados puntos (lo cual me ha valido para labrarme un currículo presentable), el concurso de traslados de 1998-99 convirtió en realidad mi anhelo de volver a la Comunidad Foral de Navarra. Mi nuevo destino: San Adrián, una localidad de unos cinco mil habitantes, ribereña de los ríos Ega y Ebro, que confluyen en su término municipal, y justo en la frontera con La Rioja (estamos a seis kilómetros de la bimilenaria Calahorra). En estas tierras feraces que disfrutan del raro privilegio de cuatro denominaciones de origen (vino de Rioja, espárrago de Navarra, pimiento del Piquillo y alcachofa de Tudela), me he encontrado con un centro de reciente creación, de instalaciones muy completas y compañeros muy trabajadores. No hay duda de que el paisaje de la Ribera no es tan impresionante como el de Covaleda; sin embargo, su producción agrícola es incomparablemente más sabrosa, así que vaya lo uno por lo otro.

Pamplona

A finales del curso 2001-2002, la Sección de Nuevas Tecnologías del Departamento de Educación del Gobierno de Navarra me propuso incorporarme al equipo del PNTE (Programa de Nuevas Tecnologías y Educación). No tardé mucho en dar una respuesta afirmativa, lo que me ha llevado a aposentar mis reales en la sede del Departamento, en una moderna oficina de la Calle Santo Domingo (si me asomo a la ventana puedo oír resoplar a los toros en los encierros sanfermineros), poblada de ordenadores poderosos y a corta distancia de una sala de servidores que parece el puente de mando de la nave galáctica Enterprise.

Ahora hablando en serio: en mi puesto de asesor docente al servicio del PNTE, he aprendido una barbaridad y he tenido la oportunidad de conocer recursos y sistemas que de otra manera sólo me habría encontrado en los libros. Aunque hay momentos duros (no siempre puedo ayudar a nuestros usuarios, que son mis colegas de oficio, tanto como ellos y yo querríamos), el interés del trabajo y la ayuda de buenos jefes y compañeros ayudan a olvidar los malos ratos. Además, desde la atalaya de este nuevo puesto de trabajo uno puede observar los entresijos del funcionamiento de la Administración, siempre tan apasionantes.


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Eduardo-Martín Larequi García
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Última actualización de la página: 16-10-2005

 

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