Tragedia y melancolía en la saga galáctica:
George Lucas, La venganza de los Sith

Cartel anunciador de la películaTras asistir a la proyección de La venganza de los Sith, sexta y, por lo que parece, última y definitiva entrega de la saga galáctica de George Lucas, salí del cine con un hondo sentimiento de melancolía del que, en el momento de escribir estas líneas, casi un mes después, todavía no me he recuperado. Yo pertenezco a ese grupo de aficionados a quienes el primer episodio (La guerra de las galaxias, 1977), inoculó de por vida un veneno que hasta entonces sólo habíamos probado en pequeñas dosis. Y he de reconocer que la toxina se demostró ferozmente adictiva, pues desde aquel día (¡hace ya casi veintiocho años!) en que vi por primera vez aquella inolvidable película –todavía me acuerdo, fue en el Olite de Pamplona cuando todavía no se había convertido en el multicine que es hoy, en una sesión vespertina poblada de atestada de críos ruidosos, que enmudecimos nada más oír los primeros compases de las fanfarrias de John Williams– no he dejado de estar pendiente de las noticias sobre nuevos episodios, nuevos personajes, nuevas aventuras.

No es sólo fanatismo de cinéfilo, ni tampoco el efecto de un síndrome de abstinencia que comienza a pasar factura tras una prolongada adicción. En realidad, creo que hay algo mucho más personal en este sentimiento de pérdida y abandono. Hasta hace tres o cuatro semanas, yo podía engañarme a mí mismo con cada nuevo estreno de la factoría Lucas, confiando en que, mientras me emocionara con sus aventuras y las aguardara con ansiedad, podía considerarme joven y en cierta medida inocente. Ahora, cumplida ya de largo la cuarentena y cerrada para siempre la hexalogía, sé que será más difícil encontrar películas que me devuelvan al entusiasmo irreflexivo de la adolescencia, que me arrastren a los cines para contemplarlas con ojos de asombro y maravilla. La sensación de haber cumplido un ciclo, y de que lo que viene tras él será más breve y tal vez no tan feliz, resulta abrumadora.

Es muy posible que el propio director haya sentido algo semejante, pues a buen seguro que no le ha resultado nada fácil desprenderse de un proyecto con el que ha convivido a lo largo de tres décadas de esfuerzos, acompañados de un éxito de proporciones colosales. Para mí que este sentimiento se trasluce en el guión de la película, la más adulta de la serie (al menos, la más adulta de esta segunda trilogía), la única que, si se extrajera del conjunto de la epopeya galáctica, podría definirse como esencialmente pesimista y trágica. Pues pesimismo y tragedia destila una historia en la que (advierto que a partir de aquí se desvela el desenlace, circunstancia que habrán de tener en cuenta quienes prefieran no conocerlo) el protagonista se transforma en un monstruo carente de humanidad, mueren varios de sus héroes, otros se ven obligados al exilio y una sociedad democrática entera cae en las garras de la tiranía.

Evidentemente, todo ello se presenta con las galas y el oropel de un envoltorio fascinante, de una puesta en escena caracterizada por el virtuosismo técnico más absoluto, que a veces logra ocultar bajo su brillantísima apariencia el dramatismo de los hechos narrados. También es cierto que el espectador se encuentra ante un universo que sabe imaginario, ficticio, y por tanto inocuo. Y sin embargo, ¿cómo ese mismo espectador no va a conmoverse con la derrota del Bien, con el fracaso y la aniquilación de los héroes, con la metamorfosis del protagonista en un ser perverso, cuya humanidad voluntariamente abandonada ha dado paso a una entidad más cercana a la de la máquina? Si no fuera porque tal afirmación parecería una irreverencia, si no fuera también porque La venganza de los Sith tiene innegables defectos que sus propios admiradores nos hemos apresurado a destacar, estaría tentado de afirmar que un desenlace como el que propone esta película se encuentra a la altura del de cualquier tragedia clásica.

La batalla espacial sobre CoruscantUna tragedia en tres actos y un epílogo, si se me permite nuevamente la analogía con las fórmulas dramáticas al uso, que comienza con un primer acto tan dinámico como escasamente trágico –la misión de rescate del canciller Palpatine, secuestrado por las tropas droides al mando de los líderes separatistas, el Conde Dooku y el general Grievous–, alguna de cuyas secuencias es digna de figurar, por su espectacularidad y brillantez, entre las mejores piezas de cualquier antología de las batallas aéreas de la historia del cine. Heredero directo del espíritu alegre y juvenil de la primera trilogía galáctica y de las películas de aventuras en que ésta se inspiró (espadachines, westerns, piratas), este largo episodio de la misión de rescate contiene escenas logradísimas, entre ellas una asombrosa danza espacial en la que los monoplazas de Anakin Skywalker y Obi-Wan Kenobi interpretan una sucesión de espirales, trompos, barrenas, tirabuzones y rizos, nunca antes visto en la gran pantalla, ante el cual el espectador tiene que hacer un esfuerzo por contener las ganas de aplaudir.

Otros aspectos del arranque del filme no son tan convincentes: demasiado obvios para mi gusto los gags visuales que protagoniza el habilidoso R2-D2 (por cierto, dotado de un arsenal de artefactos y destrezas que no ha hecho sino crecer en cada entrega de la hexalogía), en su particular pelea contra los estúpidos droides de Grievous, y poco sólidos los diálogos entre Anakin y Obi-Wan, a quienes el guión empeña, tratando de lograr un eco imposible de algunas secuencias de la primera trilogía entre Luke Skywalker y Han Solo, en un conjunto de réplicas y contrarréplicas que pretenden mostrarse ingeniosas, pero que nunca acaban de encontrar una expresión acertada.

Pronto comprobamos, sin embargo, que el tono ligero de este vibrante comienzo no es el que predomina en la película. De hecho, la ligereza es sólo aparente, tal como pone de relieve una escena que constituye el preludio de la siniestra transformación del protagonista: me refiero al momento en que el Conde Dooku, vencido y desarmado, es ejecutado por el joven Jedi, incapaz de imponer sus principios a la perversa seducción que sobre él ejerce el canciller Palpatine. El final de la secuencia, con un Anakin que todavía consigue mantener un resto de dignidad ante las exigencias del político (que le urge, esta vez sin conseguirlo, a que abandone a un Obi-Wan desvanecido), señala el hilo conductor que guiará todo el resto de la película: la progresiva corrupción de Anakin, devorado por su ambición, por afectos imposibles y por lealtades enfrentadas que lo convertirán en blanco de una artera manipulación.

A partir de este momento, la película abandona la senda trazada por sus dos predecesoras (sobre todo la primera, tan criticada por lo infantil de sus planteamientos) y se adentra por terrenos mucho más tenebrosos y abruptos, cuya configuración es, a mi modo de ver, uno de sus principales méritos. Se ha dicho y se ha escrito hasta la saciedad que Lucas no sabe escribir un guión, que su manejo de los diálogos y de los personajes es rudimentario y que sólo siente pasión por la quincalla tecnológica y la cuenta de resultados. Tal vez este reproche haya sido atinado en otras ocasiones, pero no lo es si se aplica a toda la zona central de la La venganza de los Sith (tras el rescate del canciller Palpatine y hasta el duelo entre Anakin y Obi-Wan, es decir, lo que podríamos considerar el segundo acto de esta tragedia espacial), que a mi modo de ver constituye un muy acertado modelo de construcción dramática, organizado el torno al centro de interés de la película: la transformación del joven Jedi en el siniestro servidor del Imperio que es Darth Vader.

La tragedia de Anakin Skywalker, pues de una auténtica tragedia se trata, como trataré de probar, es la del héroe castigado por lo desaforado de sus emociones, por su orgullo y por su ambición (la hybris clásica), pasiones que el propio personaje admite en cierto momento ante su esposa Amidala, con una frase elocuente por su parquedad: “no soy el Jedi que debiera ser. Deseo más”. El más intenso de sus sentimientos y el más sólido desde el punto de vista de la biografía del personaje –el amor por los seres queridos y el miedo a perderlos, que se reaviva cuando Anakin tiene noticias del embarazo de Amidala– revela una gran nobleza de espíritu, aunque es al mismo tiempo el responsable de su caída, en una contradicción inherente al pathos trágico. Y si en la entrega anterior la devoción por su madre había arrastrado a Anakin a una acción inhumana (el asesinato de una tribu entera de moradores de las arenas, en venganza por las torturas y muerte de Shmi Skywalker), el terror inspirado por los sueños reveladores de un parto fatal de Amidala serán la herramienta que utiliza el avieso Palpatine para conducirlo hacia el reverso tenebroso1.

La senadora AmidalaAquí no acaban los paralelismos con el género trágico, pues Anakin, a pesar de sus excepcionales cualidades, es en gran medida el juguete de un destino aciago contra el que poco puede hacer. Ahora bien, las fuerzas del destino no son en la película tan ciegas como las que intervienen en la tragedia clásica; muy al contrario, corresponden a intereses y ambiciones perfectamente identificables: por una parte, los de la Orden Jedi, empeñada en la defensa del sistema republicano; por otra, los del canciller y luego emperador Palpatine, el Lord Sith oscuro que desde el ocultamiento y la traición ha venido preparando a Anakin para que se convierta en su discípulo y en el principal instrumento de la construcción de un régimen despótico. El hecho de que tanto el Consejo Jedi como el Canciller Supremo encomienden a Anakin labores de espionaje y control de su respectivo rival crea en el joven una especie de esquizofrenia monstruosa de la que sólo se puede derivar la catástrofe. Como el HAL 9000 de 2001, una odisea del espacio, también Anakin, enfrentado a exigencias radicalmente incompatibles que no puede conciliar y mucho menos rehuir, encontrará en la violencia y en la destrucción la única salida a un dilema imposible.

Este sino trágico del protagonista relaciona a La venganza de los Sith con la que para muchos es la mejor película de la saga, El imperio contraataca, también nimbada por un halo trágico y shakesperiano. Pero si allí el duelo de lealtades y afectos daba como resultado la victoria del Bien sobre el Mal, aquí ocurre justamente lo contrario. Luego trataré acerca de las analogías entre las escenas culminantes de ambas películas, pues ahora me interesa destacar otro aspecto de su mutua relación. Tanto por la entidad de esta sexta entrega (una de las mejores de la saga, y para mi gusto superior a El imperio contraataca), como por su impacto sobre los espectadores, parece quedar claro un aspecto que ya había sido apuntado por muchos comentaristas, incluso antes de que se conocieran los detalles del argumento de esta última entrega: que el auténtico protagonista de la hexalogía, el verdadero núcleo en torno al cual se articula su discurso, no lo forman el personaje de Luke Skywalker ni su lucha para recuperar la libertad de la República, sino la atracción por el Mal, por el lado oscuro (como algún otro reseñista, yo también prefiero otra traducción más literaria y evocadora, la del “reverso tenebroso”), encarnado en ese potentísimo icono del cine moderno que es la negra, vil, imponente figura enmascarada de Darth Vader.

Pero volvamos sobre el trágico sino de Anakin y su transformación en su alter ego malvado. Las claves del proceso de corrupción moral del joven Jedi se encuentran en las tres conversaciones que mantiene con el canciller Palpatine y en sus reiterados desacuerdos (también tres, curiosamente2) con el Consejo Jedi, cuya oposición a concederle el grado de Maestro es continua fuente de frustración para el protagonista. Dichas conversaciones, que tienen mucho de teatral en el mejor sentido de la palabra, se producen en el despacho del Canciller en el Senado galáctico, en la ópera de Coruscant, y de nuevo en el despacho senatorial. Las tres secuencias no sólo permiten que el espectador compruebe la maestría de los sibilinos planes trazados por Palpatine, sino que aseguran la verosimilitud de la caída del protagonista3. En estas secuencias de indiscutible dimensión teatral, planteadas como si fueran las lecciones de un filósofo peripatético a su discípulo, se suceden unos soberbios diálogos entre el Jedi y el político (para que luego digan que Lucas no tiene ni idea de escribirlos), en los que éste consigue manipular las ambiciones y los miedos de Anakin, a quien va predisponiendo sutilmente a su favor y en contra del Consejo Jedi. Son secuencias muy importantes no sólo por la trascendencia de su contenido para la configuración de la trama4, sino por la elaboradísima puesta en escena5 y por la magnífica actuación de Ian McDiarmid (la verdad, mucho más brillante que Hayden Christensen, un actor contra el que se han cebado muchas críticas, y que, aunque no tan pésimo como se ha dicho, no destaca precisamente por su expresividad), quien proporciona a su papel una especie de sensualidad perversa, de delectación maquiavélica en las sutilezas del ejercicio del poder y de la manipulación de la mente (“el Bien es un punto de vista”, argumenta ante una réplica de Anakin), que lo convierten en un villano inolvidable.

Las tres secuencias que presentan el progresivo distanciamiento de Anakin respecto a sus maestros –la primera muestra su enfado por la negativa del Consejo a nombrarle Maestro y su indignación ante el encargo de que espíe a Palpatine; la segunda revela un apenas disimulado disgusto por no haber sido nombrado comandante de la campaña de Utapau, cargo que el Consejo asigna a Kenobi; la tercera presenta su desagrado ante la negativa de Mace Windu a que le acompañe en el arresto del Canciller, después de que el propio Skywalker le revele que Palpatine es un Lord Sith– no están resueltas de un modo tan brillante como las que acabo de analizar, pero tampoco carecen, tal como algunos críticos han señalado, de interés. Es verdad que alguna de ellas resulta un tanto envarada –la extremada ritualización de las reuniones de los Jedi y, en general, muchos de los aspectos relacionados con la mística de la Fuerza, siempre me han parecido un poco ridículos–, pero hay momentos que transmiten una gran intensidad emocional, como por ejemplo la escena en que Obi-Wan pide a Anakin, con calculada frialdad, que espíe al Canciller, o la advertencia de Yoda en el sentido de que quizá la profecía sobre el Jedi que traerá el equilibrio a la Fuerza ha sido mal interpretada, y sobre todo la despedida entre Anakin y Obi-Wan antes de la partida de éste hacia Utapau (la última vez en que ambos se encuentran sin que haya un sable láser de por medio), uno de los escasos momentos en que ambos declaran sus mutuos sentimientos de afecto y en el que se adivinan las emociones soterradas de un adiós anticipado. Debe tenerse en cuenta, además, que todas las secuencias que narran la relación de Anakin con los Jedi están presentadas muy hábilmente, pues el espectador conoce en cada momento el contenido de los encuentros entre Palpatine y Anakin, contenido que los Jedi sólo pueden sospechar, lo cual es fuente de una creciente tensión dramática.

El general GrievousCiertamente no les falta alguna razón a quienes señalan que este acto central de la tragedia no tiene toda la intensidad requerida a causa de la dispersión de la trama, obligada a desplazarse entre diferentes ámbitos: no sólo los que acabamos de comentar, sino también la relación Anakin-Amidala y las acciones secundarias que narran cómo Yoda y Obi-Wan acuden a planetas lejanos para liderar la campaña de la República en contra de los separatistas. De todas formas, esta es una crítica de validez relativa, que parece olvidar el hecho de que una película de aventuras no está obligada en modo alguno (más bien al contrario) a respetar la unidad de acción. Por otra parte, las líneas secundarias del argumento proporcionan al espectador la oportunidad de disfrutar de uno de los más distintivos rasgos de identidad de la saga galáctica, como es su portentosa imaginación visual6, aquí representada por mundos ya conocidos (Coruscant, Naboo, Tatooine) y otros ocho nunca antes vistos. De entre estos últimos, hay tres que tienen gran importancia en la trama: Utapau, de profundas ciudades excavadas en la roca, donde Obi-Wan Kenobi derrota al general Grievous (un cyborg achacoso, curiosa contradicción que sólo cabe admitir en la configuración de un mundo imaginario como el de esta serie cinematográfica, con su característica propensión a las criaturas raras), en una serie de combates que parecen sacados de una película del oeste; Kashyyyk, la patria selvática y pantanosa de los valerosos wookies y de un personaje tan importante en la saga como Chewbacca; y, sobre todo, Mustafar, un infierno en todos los sentidos de la palabra, escenario del duelo a muerte entre Anakin y Obi-Wan. Otros cinco mundos aparecen brevemente: el montañoso e idílico Alderaan, de infortunado destino; Felucia, donde es asesinada la Jedi Aayla Secura, cuyo paisaje lleno de extrañas criaturas y colores ácidos parece un homenaje, no sé si involuntario, a las alucinaciones lisérgicas; los mundos alienígenas de Cato Neimoidia y Saleucami, también escenarios de la ejecución de caballeros Jedi a manos de sus tropas clones, en cumplimiento de una orden secreta de Palpatine; y, finalmente, la colonia asteroidal de Polis Massa, refugio de los Jedi supervivientes, donde la senadora Amidala da la luz a sus gemelos.

Mientras que la variedad de acciones y escenarios es perfectamente defendible7, no lo es tanto que el guión se haya olvidado de un personaje tan interesante como la senadora Amidala, a quien le asigna un papel pasivo e indiferenciado, limitándola a servir de percha de unos vestidos tan maravillosos como de costumbre, pero peligrosamente vacíos de carácter. La Amidala activa, voluntariosa y enérgica de las dos películas anteriores se nos presenta ahora, salvo en contadas ocasiones, como la mera sufridora de los vaivenes emocionales de su marido. Esta grieta en la estatura del personaje tal vez venga obligada por el paso a un primerísimo plano de la figura de Anakin, pero además de constituir un desperdicio del innegable talento de Natalie Portman (una actriz magnífica, que ha representado muchos y muy buenos papeles desde su precoz debut en El profesional), repercute negativamente en la entidad trágica de la historia, provocando que la muerte de Amidala no alcance el nivel de emotividad que, en cambio, sí tienen la “muerte” y el “renacimiento” de su esposo.

No obstante, hay al menos una secuencia (más tarde analizaré alguna otra) que compensa la infrautilización de Padmé-Amidala. Y no es un momento cualquiera, sino el que tal vez sea el más lírico y uno de los más emocionantes de la película: aquél en que la senadora (nunca ha lucido Natalie Portman tan bella como en esta secuencia sin palabras) y Anakin, separados por la inmensa megalópolis de Coruscant, pero unidos por la intensidad de sus pensamientos, mantienen un silencioso diálogo. Padmé, tras los cristales de su elegante apartamento y Anakin, desde la desolada sala del Consejo, en la que aguarda el regreso de los Jedi que han ido a detener a Palpatine, tienden sus miradas hacia el ser amado y sufren silenciosamente su distancia. Acompañando a expresivos planos subjetivos que recorren lentamente los edificios de la capital de la República, envueltos en los tonos ambarinos y los reflejos broncíneos del atardecer, suena una dramática partitura de John Williams, llena de angustia y dolor contenido. Es un momento noble, solemne, bellísimo, que logra esa perfecta síntesis entre la ambientación futurista y la emoción interior que los aficionados al cine de ciencia ficción buscamos afanosamente y tan raras veces encontramos.

Obi-Wan Kenobi y la senadora AmidalaPero está claro que lo sublime no permanece. En efecto, el peor defecto que cabe achacar a la película –su irregularidad, a mi modo de ver–, se evidencia en la secuencia que viene a continuación. Anakin, que ha resuelto su lucha interior entre la lealtad a la Orden y el amor por Amidala en favor de este último sentimiento, acude al Senado galáctico para contemplar cómo Mace Windu está a punto de dar muerte a Palpatine, después de un cruento combate en el que el Canciller –ya revelada su condición de Lord Sith– se ha deshecho de tres diestros Jedis con insólita facilidad. La escena debería haber sido uno de los clímax de la película, y sin embargo el modo en que George Lucas resuelve el conflicto de lealtades es tan efectista e insatisfactorio como algunos momentos análogos de El retorno del Jedi: un chaparrón de rayos arrojados por Palpatine contra Windu, que éste desvía con esfuerzo, y la transformación del rostro senatorial del Canciller en una máscara avejentada y malvada, como consecuencia del agotamiento de sus poderes de villano Sith8. A continuación, el guión se muestra muy hábil al atribuir a Anakin un comportamiento contrario al que había protagonizado en la primera parte de la película, pues el Jedi, tal vez influido por el recuerdo del asesinato del Conde Dooku y desde luego obsesionado por salvar a Amidala de sus aterradoras visiones, impide que Windu remate al desarmado Palpatine. La resolución de la escena recurre de nuevo al tópico: en el momento en que Windu va a dar el golpe de gracia, Anakin ejecuta un molinete, el brazo derecho de Windu vuela por los aires, todavía blandiendo el sable láser (no sé si los analistas de la serie han reflexionado sobre las múltiples lecturas que se podrían derivar de los reiterados episodios de mutilación), y Palpatine aprovecha la oportunidad para deshacerse del maestro Jedi con una última y mortal descarga, entre exultantes gritos de triunfo.

El arrepentimiento de Anakin es tan inmediato como convencional (el guión lo expresa con una frase tan manida como “oh, no, ¿qué he hecho?”). Anakin, que no sabe muy bien qué hacer (aquí se evidencian las limitaciones expresivas de Hayden Christensen como en ningún otro momento de la película), acaba por darse cuenta de que ha dado el paso definitivo y que ya no hay vuelta atrás. Arrodillado a los pies de Palpatine, que engola la voz e hincha el cuello, recibe del Lord Sith su nueva identidad de Darth Vader, en un remedo de un rito de humillación y consagración religiosa (la unción sacerdotal es un referente inexcusable) de innecesaria ampulosidad. Las órdenes que a continuación imparte Palpatine, el exterminio de los Jedi y de los líderes separatistas refugiados en el planetoide volcánico de Mustafar, muestran nuevamente su habilidad para la manipulación, pues van entreveradas con invocaciones a la paz y a la protección de la vida de Amidala que no tienen otro objeto que el de vencer la última y débil resistencia de Anakin.

La cámara toma entonces una serie de vigorosas perspectivas aéreas para hacer visible el terror de la apabullante máquina de represión desatada contra los Jedi y la República. Al paso solemne de las tropas clones y de una siniestra marcha militar, Anakin ocupa el Templo Jedi y procede a un implacable y meticuloso exterminio de todos los miembros de la Orden, ni&6-12-2005he a la elipsis mediante la que se sugiere esta nueva matanza de los inocentes, pero creo que cualquier espectador estará dispuesto a admitir que ni siquiera el planteamiento adulto de la historia justificaría la presentación explícita de tan estremecedoras imágenes. Por otro lado, el recurso que utiliza George Lucas para narrar la ejecución de los Jedi dispersos por la galaxia –un montaje paralelo de varias acciones simultáneas, que muestran casi sin palabras y con el acompañamiento de un tema coral extraordinariamente patético el asesinato de los miembros de la Orden a manos de clones activados por una infame Orden 66– es brillantísimo. No me cabe la más mínima duda de que la comparación de esta escena con las que han rodado indiscutibles maestros del cine contemporáneo –Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Steven Spielberg–, en la que han coincidido un buen número de reseñas, está perfectamente justificada. Que de semejante carnicería se salven in extremis Obi-Wan y Yoda (además del senador Bail Organa, defensor de la Orden y contrario a Palpatine) es, además de una necesidad interna de la serie que permite la conexión verosímil con las películas de la primera trilogía, un hecho de justicia poética ante la crueldad del episodio.

Tras estas secuencias de gran cine, de nuevo se produce un inexplicable fallo del guión. Anakin vuelve con su esposa, angustiada por las señales de destrucción del templo Jedi que ha visto desde la terraza de sus aposentos, y la consuela con mentiras y apresuradas afirmaciones de lealtad, en uno de los momentos de la película donde la trabazón interna de la historia se muestra más endeble. Efectivamente, resulta difícil de creer que un personaje como Amidala sea engañado con semejante facilidad y que la senadora no haga más esfuerzos por retener a su esposo. No obstante, la verosimilitud logra sostenerse, aunque lo haga a duras penas, pues R2D2, que ha sido testigo de la carnicería, la describe a su compañero androide con su habitual cacofonía de pitidos. Sólo el timorato C3PO (y los espectadores, claro, con el consiguiente efecto sobre el suspense) comprenden lo que está pasando, pero no Amidala, sumida en la confusión y el llanto por la nueva misión que le ha sido encomendada a Anakin en Mustafar.

El maestro YodaA continuación, y antes de llegar al desenlace, se suceden velozmente una serie de escenas de transición, que combinan diversas líneas argumentales. El recurso narrativo pone de relieve la indisoluble conexión entre los planes de Palpatine, es decir, lo que podríamos denominar el carácter “político” de la película, y la transformación del protagonista, esto es, su dimensión trágica, aunque tal conexión se lleve a cabo al precio de un cierto apresuramiento. Por un lado, observamos los ingeniosos esfuerzos de los dos maestros Jedi supervivientes para burlar las órdenes de exterminio de Palpatine, cómo descubren la implicación de Anakin en la matanza del templo Jedi y cómo Yoda acaba convenciendo a un angustiado Obi-Wan de que no tiene otro remedio que enfrentarse a Anakin; por otro, vemos al Canciller Supremo que prácticamente sin oposición del Senado9, toma las medidas políticas necesarias para convertir la República en un Imperio; por último, contemplamos a Anakin, encapuchado, despiadado y metódico, que uno tras otro (y, ciertamente, la cámara no ahorra ni uno solo de los letales mandobles de su sable láser) elimina a todos los líderes separatistas, a pesar de sus súplicas.

Una escena queda por comentar antes de que nos ocupemos del acto culminante de la tragedia: es el encuentro entre Obi-Wan y Amidala, en el que el maestro Jedi informa a la senadora de la caída de Anakin en el lado oscuro y le ruega que le revele dónde se encuentra. El dramatismo de la acción está subrayado aquí por el predominio de los primeros planos, que permiten lucirse a Ewan McGregor y Natalie Portman en uno de los escasos momentos de la película en los que apenas si se notan los efectos especiales10, y por la música, que a través de una repetición in crescendo del tema melódico conduce al espectador, desde los señoriales aposentos de Amidala, hasta las lavas de Mustafar. Además, el guión pone en evidencia la tensión del momento de forma muy inteligente, a través del paralelismo de la conducta de ambos personajes, cada uno de los cuales reacciona a la pregunta fundamental de su interlocutor con un elocuente silencio: Obi-Wan no contesta a Padmé cuando ésta le reprocha que la verdadera intención del interrogatorio al que le somete el Jedi es localizar y dar muerte a Anakin. Amidala, por su parte, calla cuando Obi-Wan, que ya ha comprendido que la senadora no va a darle la información que necesita, le pregunta si Anakin es el padre de la criatura que espera. La escena se resuelve con una lacónica despedida del Jedi –“lo siento mucho”, una frase formularia que va acompañada por un gesto, este sí muy significativo, el de ocultar su rostro con la capucha del manto–, que de alguna manera expresa la transformación del personaje: la del maestro paciente, sensato y amable, siempre dispuesto a proteger y ayudar a su discípulo (en alguna reseña se sugiere que la verdadera historia de amor de la película es la que mantienen los dos jedis, afirmación que, a mi entender, va mucho más allá de la simple boutade), en un guerrero decidido a luchar por su supervivencia y por la de la Orden Jedi, en un ejecutor implacable que no dudará en utilizar a Padmé como instrumento de su misión.

El momento álgido de la tragedia tiene lugar en la factoría de extracción de lava del planeta Mustafar, donde encontramos a un Anakin que, absorto en sus atormentados pensamientos, contempla desde el mirador de la fábrica las furiosas erupciones volcánicas. En un escenario de evidente contenido simbólico –un infierno planetario, sobrecogido por violentos estallidos y recorrido por densas corrientes de lava, representado mediante una paleta cromática en la que domina el abrupto contraste de negros y rojos11, el joven Jedi protagoniza una serie de actos –la agresión a su esposa, el duelo con Obi-Wan– que expresan la más radical ruptura con los afectos que hasta entonces habían dado sentido a su vida. Lo que a mi modo de ver otorga un especial significado trágico a estas acciones no es sólo su crueldad y vileza, sino, sobre todo, su dimensión irracional y fanática, una condición próxima a la locura que, como en las grandes tragedias, acaba proyectando la destrucción y la muerte sobre el propio protagonista. Pues, en efecto, se diría que a partir del momento en que Amidala llega a Mustafar (con Obi-Wan escondido en su nave, circunstancia que la senadora ignora) y se niega a secundar los delirios megalómanos de su esposo, el joven Jedi, ofuscado por lo que considera como una traición imperdonable, pierde todo rastro de sensatez y cae una vez más en un acceso de furia y desesperación que le llevarán a estrangular a su esposa y enfrentarse definitivamente con su maestro.

He utilizado el término “locura”, pues creo que la furia trágica de Anakin en su último combate tiene relación con la dimensión psicopatológica del personaje, derivada de sus rasgos de carácter y especialmente del atroz sentimiento de culpa por las matanzas que ha ejecutado en cumplimiento de la voluntad de Palpatine. El joven Jedi desearía poder aliviar su íntimo sufrimiento responsabilizando a otros de los crímenes que ha cometido; de aquí su furia hacia Amidala, por quien se siente traicionado, y el odio con que se enfrenta a Obi-Wan, un odio tan completo y cegador que llegará a nublar su entendimiento y, en última instancia, desatará sobre sí la aniquilación. No es un hecho insólito en la biografía del personaje, que ya había pasado por accesos de ira y atroces momentos de sufrimiento (en El ataque de los clones, una vez perpetrada la matanza de los moradores de las arenas; en esta misma película, tras los sueños premonitorios de la muerte de su esposa). Sin embargo, entonces pudo aliviar su sufrimiento con el consuelo de las voces amigas de Amidala, Obi-Wan o Yoda, consuelo que ahora no tiene. Cuando Anakin tiene que asumir el peso de sus actos sin otro apoyo que el de su propia conciencia, su equilibrio se derrumba, y el resultado es la enajenación y una violencia incontenible12.

Si la furia de Anakin ofrece una dimensión trágica, lo mismo podría afirmarse del destino de Amidala, personaje que desempeña en esta película el papel simbólico de víctima inocente, sacrificada en el altar de las pasiones e intereses ajenos13. De hecho, la senadora de Naboo sólo es culpable de haber amado en demasía a un hombre cuya vulnerabilidad y extremadas pasiones no supo comprender a tiempo. Por otro lado, y ello hace más terrible su sino, su muerte es consecuencia de un funesto malentendido derivado de la intervención de Obi-Wan, que, aunque perfectamente justificable (al fin y al cabo el propósito del Jedi al entrar en la nave de Amidala sin conocimiento de ésta era el de impedir la conversión de Anakin al reverso tenebroso), es en última instancia el causante de que se desate la ira vengativa de Skywalker sobre su esposa.

Combate entre Anakin y Obi-WanPara narrar este episodio clave de la película (cuya mera longitud, casi quince minutos, ya da una idea de su importancia), Lucas recurre de nuevo al montaje alternante de acciones simultáneas, un planteamiento que a mi modo de ver no representa en esta ocasión ninguna ventaja para la evolución del argumento y que en cambio resta intensidad a la primera línea de acción. Además, frente a la extraordinaria plasticidad y perfección coreográfica del combate entre los dos jedis –acaso el más vigoroso, y desde luego el más espectacular, de toda la saga, ilustrado por un tema musical de tonos apocalípticos, con ecos deliberados del Dies Irae, el duelo simultáneo que mantienen Yoda y el Emperador sobre las gradas del Senado –por cierto, creo que nadie ha insistido lo suficiente en el prodigioso talento visual de los diseñadores de semejante edificio–, que acaba con la victoria de Palpatine y obliga a Yoda a un definitivo exilio, resulta mucho menos eficaz, aunque no carezca de los toques de humor y complicidad que siempre han ido asociados en la serie a la aparente vulnerabilidad del venerable maestro. Por otra parte, aunque Yoda tenga una legión de admiradores incondicionales que aplaudirán la maestría digital con que se ha diseñado su “actuación” en esta película, yo sigo pensando, como en ocasión análoga de El ataque de los clones, que las acrobacias circenses que caracterizan la técnica de combate del veterano Jedi son más propias de una película de dibujos animados que de una historia adulta.

Volvamos, pues, al duelo principal, que nos permite terminar la caracterización del personaje. Aquí tiene lugar el último tramo de la evolución psicológica de Anakin, marcada por un resentimiento infinito hacia la humanidad entera y hacia los Jedi en particular: el niño criado como esclavo y apartado de su madre (La amenaza fantasma), el joven tan anhelante de afectos que se ha arriesgado por ellos a un matrimonio clandestino y deshonroso (El ataque de los clones), el adulto lleno de ambición y relegado una y otra vez por una Orden a la que acusa de encarnar el Mal, en una de las escasas frases que intercambia con su maestro mientras ambos pelean sobre las corrientes de lava de Mustafar, este hombre resentido y radicalmente inadaptado vuelca en Obi-Wan, el maestro que representa la figura simbólica del padre y es en realidad un padre vicario que le enseñó, le protegió, y le censuró cuando era su deber hacerlo, el aborrecimiento más implacable y absoluto. La frase con que, al borde de la muerte, resumirá ese sentimiento no puede ser más simple y al mismo tiempo más impresionante: un “te odio” rabioso, en el que se concentran las últimas fuerzas de un cuerpo atormentado y vencido.

Es justamente ese sentimiento de odio feroz e irracional el que conduce a Anakin a sobrevalorar sus excepcionales aptitudes combativas, y el que, en plena apoteosis de la hybris trágica, causa su aniquilación. El resultado del mandoble definitivo de Obi-Wan, que en un gesto de nobleza ha advertido a Anakin que no siga peleando, pues se encuentra en situación de inferioridad, es una figura de enorme fuerza dramática, más propia de los condenados del infierno de Dante que de una película de aventuras espaciales. Una figura aterradora y desasosegante, que sorprende incluso al espectador que ya ha tenido referencias de este episodio: la de un Anakin desmembrado y aun así vengativo y furioso, que repta por entre las cenizas volcánicas y se consume lentamente bajo los fuegos de Mustafar, que son también los de su propia ira. Y ello ocurre ante los ojos de un Obi-Wan que, a pesar del sufrimiento atroz de su antiguo discípulo, presa de las llamas que devoran su carne, no hace un mínimo gesto de ayudarle, un Obi-Wan intensísimo (¡bien por Ewan McGregor, en esta película mucho más actor que en ninguna otra de la serie!), con la majestad y la terribilitá de un dios mitológico y feroz, un Obi-Wan tan rabioso como su contrincante, a quien no puede menos que increpar con un “tú eras mi hermano, Anakin, yo te quería”, furiosa y desesperada respuesta a la frenética declaración de odio de su rival.

No hay duda de que el desenlace del duelo constituye una gran escena, la que todo el público había estado esperando durante años, y no es pequeño mérito el que le corresponde a George Lucas por haber conseguido dar la vuelta a la relación que veíamos al principio de la película entre los dos personajes, y provocar en los espectadores unas emociones complejas que sobrepasan el maniqueísmo elemental de buenos y malos, tantas veces criticado en la serie galáctica: tal vez la figura de Anakin-Vader, apenas humana, requemada y reducida a un tronco sin miembros, no suscite nuestra compasión, pero sí que nos estremece con su agonía. Si sobrevive a su martirio, pensamos –y ya sabemos por la primera trilogía que sobrevive–, cómo no va a convertirse este hombre consumido hasta las entrañas, derrotado, privado de sus miembros, de su turbia belleza, de su familia y de sus amigos, de su humanidad entera, en un monstruo de maldad y rencor.

El vigor de esta escena cobra una dimensión adicional para el aficionado a la saga galáctica, pues es inevitable recordar la que hasta ahora ha sido casi unánimemente considerada como la mejor entrega de la serie El imperio contraataca, y comprobar los paralelismos que existen entre la lucha entre Darth Vader y Luke Skywalker en la ciudad de las nubes, por una parte, y el combate entre Anakin-Vader y Obi-Wan Kenobi, por otra. Se trata de duelos entre contendientes unidos por fuertes lazos afectivos (padre-hijo, en el primer caso, discípulo-maestro, en el segundo, aunque ya hemos visto que Obi-Wan afirma haber querido a Anakin como a un hermano), en entornos muy dramáticos (al borde de un abismo insondable y sobre un océano de fuego, respectivamente), que se resuelven en ambos casos con amputaciones de valor simbólico: la que sufre Luke supone la ruptura radical de las posibilidades de Darth Vader de arrastrar a su hijo hacia el reverso tenebroso. Por su parte, la todavía más traumática de Anakin constituye el paso final hacia la pérdida de humanidad y hacia la transformación en el monstruo semi-humano que es Darth Vader. Ambas escenas están resumidas en sendas frases-emblema que expresan sus respectivas tonalidades emocionales: el “yo soy tu padre”, con el que Vader intenta atraer a su vástago al lado oscuro; y ese atormentado “te odio”, con el que el agonizante Anakin se separa para siempre de su mentor.

La intervención de Palpatine sobre los restos humeantes de su discípulo sólo sirve para ahondar en el proceso de la deshumanización de Vader, que se ofrece al espectador en una escena de fascinante y morboso atractivo: Anakin tendido sobre una camilla, horriblemente quemado, con la piel atravesada por las agujas de androides médicos que, lejos de procurarle alivio, le atormentan con sus pinchazos. La sustitución de sus miembros amputados por prótesis mecánicas, la instalación del negro yelmo (que se presenta en un magnífico plano subjetivo revelador de cómo a partir de entonces Vader verá el mundo, a través de una rendija siniestra y distorsionada), el cambio del timbre de la voz de Anakin, ahora mucho más grave y envuelto en el estremecedor siseo de su máscara respiratoria, el revestimiento de la piel del hombre por el ominoso traje-armadura que a partir de ese momento llevará siempre, todo contribuye a la conversión de la criatura humana en un monstruo, en todos los sentidos de la palabra. El resto de humanidad que todavía quedaba en Vader tras su “reconstrucción”, desaparece para siempre a consecuencia de la última manipulación del Emperador: cuando, todavía deudor de los afectos humanos, Vader pregunta por su esposa y por sus hijos, Palpatine contesta: “según parece, llevado por la ira, tú… la mataste”, con un deje de íntima satisfacción en la voz y en sus facciones. La reacción de Vader, en un rapto de utilización maligna de la Fuerza que hace reventar los contenedores de líquidos orgánicos y derriba los androides médicos, no puede ser más impresionante, ni más reveladora de la intensidad de su dolor y de su rabia.

Esta transformación ominosa queda todavía más destacada por el montaje en paralelo al que, una vez más, recurre el director. Vader no lo sabe y es posible que también lo ignore el Emperador (o a lo mejor disfruta sádicamente al ocultarle la verdad), pero en ese mismo momento Padmé-Amidala, que ya no tiene ganas de vivir, expira en la colonia asteroidal de Polis Massa, tras haber dado a luz a sus gemelos. El contraste entre la “resurrección” de Anakin como Darth Vader y la muerte de Amidala está muy bien logrado no sólo por la técnica narrativa, sino también por los elementos constitutivos de la puesta en escena: tonos suaves y claros, rostros cariñosos y voces amistosas en el quirófano en el que pare Amidala; por el contrario, aristas afiladas, colores oscuros y materiales metálicos y fríos en la instalación médica de Coruscant donde Palpatine recompone a Vader.

Combate entre Anakin y Obi-WanCon la muerte de Padmé y la conversión de Anakin Skywalker en Darth Vader podría haber acabado la película, pues en realidad lo que viene a continuación es el epílogo de la tragedia, cuya función principal es la de establecer la imprescindible conexión con la primera trilogía. Mientras la banda sonora va recorriendo delicadamente todos los temas emblemáticos de la serie, se suceden las escenas: Yoda, Obi-Wan y el senador Organa deciden el futuro de los gemelos, los androides R2D2 y C3PO son asignados a la nave del capitán Antilles (al androide de protocolo se le borrará la memoria, pero no al rechoncho R2D2, lo cual explica su testarudo comportamiento en La guerra de las galaxias), Darth Vader y el Emperador comienzan a construir la Estrella de la Muerte y los bebés Luke y Leia, nacidos de la infortunada senadora de Naboo (objeto de un hermoso funeral que, como ha apuntado algún comentarista, recuerda a las exequias élficas de El señor de los anillos) son entregados a sus padres adoptivos en Alderaan y Tatooine. En este desolado planeta desértico, que simboliza el despojamiento y el estoicismo de los Jedi, tiene lugar el final de la película, que es también uno de sus más emotivos momentos: ese último plano de los tíos de Luke Skywalker, que contemplan los soles gemelos en un atardecer vibrante, mientras un taciturno y por primera vez tímido Obi-Wan Kenobi hace un mutis por el foro que durará más de veinte años, contiene toda la grandeza de una serie inigualable, y la melancolía de un final que muchos hubiéramos deseado que no llegara nunca. Sí, claro que hay esperanza en este último plano teñido de los vivísimos colores de un mundo imposible, pero es una esperanza paradójica, retrospectiva, que sólo puede proyectarse sobre un pasado que ya conocemos. En nuestro futuro de espectadores y de mitómanos enfebrecidos, en cambio, no hay otra cosa que añoranza y el magro consuelo de las reposiciones.

No quisiera acabar este análisis sin dedicar unas breves notas a la banda sonora, obra de un John Williams que también ha debido sentir sobre sus hombros el peso de la nostalgia y de la melancolía. Cuando se ve la película, no causa una impresión particularmente favorable, quizás porque la música carece de un tema central impactante, de uno de esos temas-emblema de carácter sinfónico y orquestación brillantísima que son algo así como la imagen de marca del compositor. De hecho, lo que uno advierte más claramente durante la proyección son las melodías habituales en la serie, con las versiones y variaciones de rigor. Sin embargo, cuando se ve la película por segunda vez, o cuando se escucha el CD (cuya edición ha recibido críticas feroces en algunos foros14), encontramos elementos sorprendentes, que casi nos habían pasado desapercibidos en la proyección: las vigorosas y dinámicas disonancias del tema de Grievous, los temas corales que acompañan a las meditaciones de Amidala y a la matanza de los Jedi, de extraordinario patetismo, la magnífica partitura de la representación operística en Coruscant, tan grave, tan amenazadora, tan siniestra, o los temas que acompañan al duelo entre Anakin y Obi-Wan (“Battle of the Heroes” y “Anakin vs. Obi-Wan”), de enorme fuerza y energía. No es, desde luego, el apabullante repertorio de otras ocasiones, pero sí una banda sonora muy expresiva, dominada por un tono oscuro y dramático que ilustra perfectamente el clima emocional de este epílogo galáctico. La intensa utilización de los coros, mucho más presentes que en la música de episodios anteriores, y la nada habitual de los sintetizadores, que aparecen en temas como “Palpatine´s teachings” y “Padme´s ruminations”, a los que ya me he referido, demuestran por si hubiera lugar a dudas (hay especialistas en afirmar que Williams no hace otra cosa desde hace años que repetirse a sí mismo), que el compositor norteamericano es un músico de inagotables recursos, y que ha sabido expresar, con sinceridad y hondura, la trágica sensación de pérdida por la muerte y la derrota de los héroes.

Creo que no será necesario poner de relieve que esta extensísima reseña (si es que puede llamarse así), refleja mi fascinación por la serie galáctica. He tratado, no obstante, de mantener la objetividad del análisis hasta donde me ha sido posible, pues no ignoro que, ni aun con la mejor voluntad, se pueden desconocer los fallos y las quiebras de todo el universo cinematográfico que tan cuidadosamente han erigido George Lucas y los demás miembros del ingente equipo industrial construido a su alrededor. De todas formas, también la imperfección es un atributo que hace simpáticas a las creaciones humanas. Y, de hecho, en las imperfecciones y hasta en las arbitrariedades de la serie reside parte de su innegable atractivo, como varias generaciones de espectadores han coincidido en destacar.

Ahora mismo, nos falta la adecuada perspectiva para poner en su sitio a La venganza de los Sith respecto al conjunto de la serie. Sin embargo, vuelvo a correr el riesgo de afirmar que, desde mi punto de vista, ésta es la mejor de las seis películas, más emotiva y perdurable que El imperio contraataca, tan dinámica como La guerra de las galaxias y con un despliegue de creatividad e imaginería visual tan potente como cualquiera de ellas. Además, la abundancia de sensaciones de pérdida que recorren la historia (la muerte de Amidala, la transformación de Anakin, el exilio de Yoda y de Obi-Wan Kenobi, el exterminio de los Jedi), refuerza la melancolía inherente a su condición de última entrega de la saga galáctica, y le proporciona un atractivo que, en condiciones diferentes, tal vez no hubiera tenido.

El maestro Mace WinduEstoy dispuesto a admitir que esta circunstancia epilogal influye (a su favor) en mi valoración de la película. Ahora bien, lo mismo podría decirse, sólo que invirtiendo los términos, respecto a las críticas que se han cebado en La venganza de los Sith y en la segunda trilogía (quizás yo también debería entonar el mea culpa, por mi combativa reseña de La amenaza fantasma), muchas de ellas influidas por las inevitables distancias, no sólo cronológicas, sino sobre todo biográficas, entre lo que eran los espectadores de aquella primera trilogía y lo que son quienes ahora acaban de completar la segunda. De esta circunstancia es plenamente consciente alguna reseña, como la de David Garrido Bazán, que aunque ofrezca una valoración muy diferente de la mía tiene todos mis respetos por su ecuanimidad y equilibrio. Sin embargo, han aparecido también unas cuantas críticas (tal vez la más notoria haya sido la de Álex de la Iglesia), en las que la insatisfacción de sus autores deriva en una serie de argumentos ad hominem contra George Lucas, a quien consideran poco menos que un criminal de lesa humanidad o, cuando menos, el responsable de la ruina inminente del séptimo arte y de las cinematografías nacionales.

Desde mi punto de vista, las acusaciones de engolamiento, vanidad y traición a los espectadores y al oficio dirigidas contra el cineasta californiano (Álex de la Iglesia dirá, con más gracia, que George Lucas se ha pasado al lado oscuro y se ha convertido en un Lord Sith), pasan por alto el hecho de que tanto los ingredientes básicos de la saga galáctica, como su estética e incluso sus aspectos para-cinematográficos (la presión mediática, la invasión del merchandising, la tendencia a la hipertrofia de los efectos digitales) estaban ya plenamente en vigor en la primera entrega, o en la primera trilogía considerada en su conjunto. Yo tengo muy buena memoria para todos los detalles de mi vida relacionados con el universo Star Wars, y recuerdo perfectamente haber comprado libros, amén de alguna mercadería publicitaria, con motivo del estreno de La guerra de las galaxias, cuyos primeros avances me llegaron a través de una publicación tan conspicua y tan “norteamericana” como Selecciones del Reader’s Digest. De modo que si Lucas es un señor oscuro, lo es desde 1977. Y si es un genio, aunque un genio con finísimo olfato mercantil, capaz de inocular el virus del cine a dos o tres generaciones (por no hablar de sus aportaciones en el ámbito de los efectos especiales, en la mejora de los sistemas de sonido y en el avance tecnológico del séptimo arte), habrá que concluir que lo es desde el inicio de la saga y hasta el último segundo de los títulos de crédito de La venganza de los Sith.

Termino ya. La prueba de que esa capacidad no ha disminuido ni se ha debilitado con los años está en dos de mis sobrinos, de casi siete y nueve años, a quienes la serie les ha metido el gusanillo del cine en el cuerpo, ojalá que para siempre. Desde hace bastante tiempo, cada vez que vienen por casa no nos piden otra cosa que alguno (les da lo mismo cualquiera) de los vídeos de la serie. Que le digan a Javier, con su pronunciación todavía imprecisa, que las “galasias” le hacen el trabajo sucio al Imperio. O que le digan a Helena que las escenas entre Anakin y Padmé-Amidala son un engendro, a ella que lanza lánguidos suspiros cada vez que ve las vaporosas túnicas de la bellísima Natalie Portman, acodada junto al siempre arrogante Hayden Christensen sobre la barandilla de una villa de estilo italiano, en la Región de los Lagos de Naboo. Al parecer, esta última entrega de la saga es demasiado violenta y siniestra para sus tiernos ojos, de modo que tendrán que esperar un poco para verla. Que esperen, sí, y que se hagan mayores, pero que no olviden las fantasías que una vez tuvieron. Que les digan lo que quieran, pero que no les quiten la ilusión, por favor. Eso sí que sería un crimen de lesa humanidad.

 

Notas

Anakin en Mustafar1. Amidala llega a atisbar, aunque sin darse cuenta de su alcance, la peligrosa entidad de los sentimientos de Anakin: en una escena romántica en la terraza de su vivienda de Coruscant (correlato de las que mantuvieron en los lagos de Naboo en El ataque de los clones), Amidala, tras una declaración de amor de su esposo, le pregunta en broma: “¿es que el amor te ha cegado?”. La connotación involuntariamente siniestra de la pregunta de Amidala hubiera pasado desapercibida si no fuera por el hecho de que inmediatamente a continuación Anakin tiene el primero de los sueños que anuncian la muerte de su esposa en el parto. Cuando Amidala le pregunta por estas premoniciones, Anakin responde rotundo: “No permitiré que se hagan realidad”, frase que repite prácticamente al pie de la letra cuando un estoico Yoda le advierte sobre el riesgo de que el miedo a la pérdida de los seres queridos se transforme en celos y en “la negra sombra de la codicia”. «

2. No parece casual esta insistencia en la estructura ternaria, de tanta tradición en las leyendas y en los cuentos populares. Además de reforzar los paralelismos entre las dos líneas narrativas de esta sección central de la película (la relación Anakin-Palpatine, por un lado, la relación Anakin-maestros Jedi, por otro), esta repetición del motivo ternario suscita algunos ecos –la triple negativa de Pedro a Cristo–, que tal vez no sea descabellado traer a colación, habida cuenta de las resonancias religiosas y míticas de toda la saga galáctica. «

3. He leído unas cuantas críticas que ponen en cuestión la verosimilitud de esta transformación. Dejando aparte la idoneidad del actor escogido para el papel de Anakin-Vader, que no me parece un argumento de peso a tales efectos, resulta difícil traer a la memoria otra historia cinematográfica que haya puesto sobre el tapete más indicios, pistas y razones justificadoras del envilecimiento de un personaje que los episodios I, II y, sobre todo el III, de la saga galáctica. No sé qué clase de estudio psicológico necesitarían algunos para convencerse de que Anakin tiene muchas razones para convertirse en un villano, pero las que presentan las tres películas me parecen perfectamente elocuentes. Haciendo de abogado del diablo, incluso me atrevería a decir que alguna de las limitaciones del actor en las secuencias culminantes de su transformación (por ejemplo, en aquella en la que se enfrenta al maestro Mace Windu, dispuesto a terminar con Palpatine), son la representación de una persona abrumada por el peso de su propia culpa, y no el resultado de la inexpresividad del actor. «

4. Mientras contempla una ópera realmente vanguardista –unas esferas translúcidas sobre las que danzan una especie de cintas de colores–, Palpatine le cuenta a Anakin la historia de un Darth Plagueis, un jedi tan poderoso que consiguió crear vida y vencer a la muerte mediante la manipulación de los midiclorianos, es decir, los organismos responsables de la creación de ese campo de energía conocido en la serie como la Fuerza. Hay quienes han interpretado esta frase, que Palpatine pronuncia mientras las cintas de colores bailan junto a la esfera, cual si fueran espermatozoides tratando de penetrar en el óvulo, como una sutil sugerencia de que en realidad es Palpatine el anónimo padre de Anakin Skywalker (otros la refuerzan con el argumento de que el Canciller llama constantemente a Anakin “hijo”). Sea pertinente o no la observación, es síntoma de la extrema minuciosidad analítica con que ha sido observada la película por los admiradores de la saga, minuciosidad que puede apreciarse, por ejemplo, en los cientos de comentarios con que han completado los aficionados la excelente reseña de Rafael Marín Trechera en Crisei. «

5. La escena de la ópera destaca por la originalidad de sus imágenes casi abstractas y por lo poco convencional de la banda sonora, para la que John Williams ha creado un tema mucho más próximo a los mantras tibetanos que a sus habituales despliegues sinfónicos. Por otra parte, la segunda conversación de Annakin y Palpatine en el despacho del Canciller (en ella se revela su naturaleza perversa) ofrece detalles de puesta en escena muy cuidadosos y perfectamente coherentes con el contenido del diálogo: una decoración estilizada, en un tono vagamente art-déco teñido por elementos siniestros, tales como las esculturas que recuerdan a las representaciones funerarias egipcias y los frisos con temas legendarios, entre cuyas figuras se adivina un terrible combate, sin duda alusivo al que solapadamente tiene lugar en la escena. «

6. No sé si el testimonio personal es un argumento sólido, pero yo puedo afirmar sin género de dudas que si conservo un recuerdo nítido entre todo el universo cinematográfico de La guerra de las galaxias y de todas sus secuelas y precuelas, éste es el de los extraordinarios paisajes y criaturas de la serie. Seguro que algún día se me olvidarán los nombres de Han Solo, de Luke Skywalker o de Obi-Wan Kenobi, pero difícilmente podré olvidar la ciudad de las nubes de Bespin, las cascadas de Naboo, los atardeceres de Coruscant o las caprichosas formas rocosas de Tatooine. Esos paisajes imaginarios son el alimento de las fantasías de los jovencísimos espectadores que hoy llenan las salas de proyección de La venganza de los Sith, y que tal vez pasado mañana acudan a una muy minoritaria producción iraní, taiwanesa o uruguaya. Se habla mucho y sin parar de cómo la tecnología está matando el cine; yo más bien creo que el deleite de contemplar lo que unas mentes prodigiosas han imaginado antes sobre las pantallas de sus artefactos digitales es sólo el primer paso en el desarrollo de una afición gozosa y entusiasta, cuyos efectos duran toda la vida. «

7. Además de las que acabo de indicar, hay al menos otra razón de peso para que el guión combine varias líneas de acción que alternan entre sí. En efecto, si Yoda y Obi-Wan no estuvieran lejos de Coruscant en el momento de producirse el exterminio de la orden Jedi, no se hubieran salvado, lo cual eliminaría cualquier posibilidad de integrar armoniosamente esta segunda trilogía con la primera. El recurso del guión a las misiones espaciales en mundos muy remotos es perfectamente aceptable, por tanto, como lo son otras argucias semejantes que garantizan la conexión argumental entre todos los episodios de la saga. Pretender, en cambio, como algunos analistas han pretendido, que todos los elementos argumentales de una serie elaborada a lo largo de veintiocho años encajen perfectamente, es tan absurdo como irrelevante. Ya sé que la comparación es odiosa, pero tampoco un genio como Cervantes logró la plena coherencia de las dos partes de su Quijote, y eso que entre ambas hubo una distancia de sólo diez años. «

8. Un episodio, además, absolutamente estropeado por un doblaje calamitoso (y aquí coincidimos prácticamente todos los que hemos visto la versión española), que parece más bien propio de los monstruos de los anime japoneses que de una película de calidad. La voz de Palpatine, distorsionada por el esfuerzo y por el exagerado doblaje, produce involuntarias risas entre el público y convierte la escena, que debería ser dramática, en un grotesco esperpento. «

Darth Vader9. Sorprende cuán rápidamente los senadores se dejan convencer por las promesas de paz y seguridad que ofrece Palpatine. El contrapunto a la inacción culpable del Senado lo representa como siempre Amidala, la representante del planeta Naboo, aunque su papel sea aquí mucho más pasivo que en La amenaza fantasma o El ataque de los clones, pues se limita a ejercer como cronista sentenciosa, que condensa en una reflexión solemne la ruina de sus principios: “así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso”. Esta y otras frases semejantes de Amidala y de algún otro personaje (Yoda, por ejemplo), constituyen el soporte fundamental de una línea de exégesis de la película que ha insistido en sus paralelismos con la historia contemporánea, y particularmente con la política norteamericana de la administración Bush. Se ha comentado mucho, por ejemplo, el diálogo en la factoría de Mustafar, en el que a la advertencia de Anakin de que “si no están conmigo, eres mi enemigo”, responde Obi-Wan con “sólo un Sith es tan extremista”, réplica en la que se ha querido ver una crítica del maximalismo y la falta de respeto a los acuerdos internacionales que imperan en la actual política exterior norteamericana. Desde luego, estas analogías no deben dejarse caer en saco roto, aunque es dudoso que sean más aplicables a la situación contemporánea que a otros lugares y épocas, tales como la evolución de la República Romana hacia el Imperio, antecedente que el propio George Lucas ha reconocido muchas veces como fuente de inspiración para la hexalogía (un fenómeno histórico, por cierto, que tiene una influencia enorme en una obra cumbre de la literatura de ciencia ficción, el ciclo de la Fundación, de Isaac Asimov), o la caída de la República alemana de Weimar en las garras del nazismo. «

10. Que aun así existe, dado que, según he leído, todos los planos de la película contienen algún trucaje digital. Lo cierto es que en esta escena los efectos especiales resultan tan funcionales como discretos. «

11. Una combinación cromática que constituye un reiterado emblema de la maldad en la serie. Recordemos, a este respecto, la pérfida imagen de Darth Maul, el aprendiz de Darth Sidious (ahora ya no hay duda de que bajo la capucha de este último se ocultaba el canciller Palpatine), en La amenaza fantasma. «

12. Un proceder que tal vez justifique la observación de algunos críticos, que han apuntado la necesidad de interpretar la figura de Anakin no como la de un antihéroe trágico, sino como la de un niño malcriado. Aunque tal interpretación no se me hace demasiado simpática, pues rebaja el alcance y trascendencia de la historia, creo que es obligado señalar que no carece de justificación. «

13. Teniendo a la vista todo el riquísimo acervo de resonancias míticas y religiosas de la saga galáctica, cabe interpretar la muerte de Padmé-Amidala como un sacrificio propiciatorio, que trae consigo la esperanza. Efectivamente, con su muerte dolorosa (con su martirio, cabría decir), Padmé da la vida a sus hijos Luke Skywalker y Leia Organa, protagonistas de la derrota final del Imperio. «

14. No me considero un especialista en estos temas, ni mucho menos, pero ya he escuchado un montón de veces ese disco, y cada vez me gusta más. Además, la edición de Sony Classical incluye de regalo un “viaje musical” por la saga galáctica en DVD, presentado por Ian McDiarmid. Aunque no presente grandes novedades, al menos constituye una oportunidad para disfrutar con el elegantísimo inglés del actor, tan maltratado en el doblaje al español. «

 

Para saber más

El estreno de La venganza de los Sith ha levantado océanos de tinta y de bytes, en todos los medios de comunicación, y particularmente en el universo digital. El apasionamiento de las discusiones y la variedad de puntos de vista pueden apreciarse en este catálogo de reseñas:

Reseñas y análisis de la banda sonora:

Otras fuentes de información:

  • Los apasionados por la serie no podrán dejar de consultar la página oficial de la saga y la del episodio III. Otras dos webs muy bien documentadas (como las dos anteriores, también en inglés) son The Force.net y Jedi.net.
  • Lo mejor del universo lucasiano en español tiene su sede en Fuerza imperial, Lores del Sith y Una Guía al universo de la Guerra de las Galaxias.
  • En La Butaca, que es una de mis webs de cabecera, se encuentra un completísimo “cómo se hizo” de esta última entrega de la saga galáctica.
  • Además de la información oficial u oficiosa, conviene tener a mano recursos menos convencionales: Star Wars Origins, sobre las fuentes de inspiración de la saga (incluye muy interesantes referencias sobre sus analogías con elementos literarios, míticos y religiosos), y Star Wars Blooper Guide, una web dedicada a sus gazapos y errores, ambas en inglés.
  • Las revistas de cine españolas han seguido el cierre de la hexalogía con un gran despliegue informativo. De entre todos los reportajes y suplementos especiales que he tenido la oportunidad de leer y hojear, tal vez el más completo y enjundioso sea el que ha publicado la revista Fotogramas, 1939, mayo 2005, dedicado al conjunto de la serie.
  • La editorial Dorling Kingdersley viene publicando desde hace años magníficos libros ilustrados basados en las películas de la serie, que desmenuzan en imágenes su intrincado y variopinto universo imaginario. He aquí las versiones en español de los dos volúmenes sobre La venganza de los Sith:
    • LUCENO, James, Star Wars. La venganza de los Sith. Diccionario visual de personajes y equipos, Barcelona, Ediciones B, 2005.
    • SAXTON, Curtis, Star Wars. La venganza de los Sith. Vistas en sección de vehículos y naves. La guía definitiva de las naves de La guerra de las galaxias: episodio III, Barcelona, Ediciones B, 2005.

Eduardo-Martín Larequi García
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Última actualización de la página: 29-06-2005

 

 

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